


Es invierno. Cuando apetece el calor del hogar y estar sentado frente al torno, rodeado de plumas, hilos y anzuelos, cuando los días están al límite de su tiempo solar y la naturaleza parece muerta, entonces y sólo entonces tiene lugar el mayor canto a la vida que podamos imaginar, la reproducción de la dama del río: la trucha común.
En los ríos y arroyos de aguas claras y oxigenadas remontarán hasta encontrar el lugar propicio para la puesta. Es la llamada de la naturaleza. Las hembras buscarán un fondo límpio de grava al resguardo de las fuertes corrientes pero con el oxígeno necesario para mantener vivos los cientos de huevecillos que depositen en él. Los machos, con su librea más marcada para la ocasión, se disputarán la compañía de la hembra, iniciando un cortejo de roces y caricias en el que la hembra irá escarbando y limpiando el fondo con fuertes movimientos de cola. Al final del mismo depositará los huevos que serán fecundados por el macho dominante. Es el mayor espectáculo de nuestros ríos, la perpetuación de una especie, la dama del río.








